Prosa, al fin.
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Querida Rebeca:
Considera esta carta como un grito desesperado, como una manera frustrante de buscar la comunicación, ya perdida, contigo. Incluso, podría decirse que es un último esfuerzo por encontrar un poco de sosiego. Tu partida me marcó enormemente; no comprendo que ocurrió, ¿por qué te fuiste? Dejándome sumido en la inestabilidad, en la sórdida recamara en la que solíamos vernos cada noche. Pasaron los días, esperé sentado en el taburete: no apareciste. Primero creí que algo te habría ocurrido, no obstante rechacé la idea al instante. A la segunda semana de tu ausencia decidí, con pesar en mi corazón, hacer una visita a tu madre.
Isabel me recibió con una algarabía inusitada, contrastaba con mi taciturno semblante. Entré a tu casa sintiéndome turbado, al dar los primeros pasos comprendí que no abandonaría ese lugar. Nunca. El aire corría libremente transportando tu olor por todas partes, asfixiándome, sometiéndome. Observé a tu madre, una copia maltrecha de ti, caminando con pasos cortos y modales forzados. Corroboró tu partida. Me había preparado para tal golpe, pero no logré que palabra alguna saliera de mi boca, ella percibió mi febril tartamudeo, mis manos sudadas, la palidez en mi rostro. Una semana después Isabel y yo nos casamos.
No me reproches, lo hice solamente para poder seguir viéndome en los espejos de tu habitación, en los que tú te veías, para sentir las sábanas de tu cama, jugar con los cabellos, aun enredados, de tu cepillo. Para hacer el mismo recorrido que hacías desde la ducha hasta el patio, para recibir los rayos de sol que con anterioridad golpeaban tu piel. Tuve que conformarme con esa imagen diluida de ti; caderas estrechas, no amplias como las tuyas, la piel flácida, no tersa y firme, los ojos apagados y codiciosos, no tiernos y suplicantes. Una total y absoluta carencia de tu voluptuosidad.
Estoy harto de tu madre, de su servilismo hipócrita, de su risa desabrida, de su exasperante silencio, de su absorta contemplación, de que me adore como a un dios. Prefiero tu mirada, la que me legitima como un igual, la que me expresa la profundidad de lo que sientes. Daría lo que fuera por cambiar ese cuerpo que a diario se despierta junto al mío, por enredarme de nueva cuenta en tus besos, en tus pechos, en los suaves vellos de tu entrepierna. Haría lo que fuera para que volvieras.
Dejaría de martirizarte con mis inseguridades. No volvería a probar el whiskey, actuaría conforme a mi edad, dejaría de ser tan posesivo. Disfrutaría de la espera. ¡Haría lo que quisieras! Te entregaría mi ser entero. Levantaría la tapa del excusado antes de orinar, dejaría de burlarme de lo que desconozco. ¡No volvería a herirte! ¡Perdóname! ¡Vuelve! Me arrastraría cual gusano ¡Lo juro! Juro que no te heriré de nuevo, tiraré el flagelo, fundiré las púas del cilicio, venderé el potro de castigo, no te torturaré más. No exhibiré tu espalda destrozada por mi látigo ni las quemaduras en tus muslos. Te juro que haré lo que pidas. Enterraré tus huesos, dejaré de lamer los dedos de tu cadáver…
Marzo 26, 2004.
Que la ciencia y el rock caigan con todo su peso sobre el silencio de los herejes.
27.4.08
Dancefloor Metaphor
De dos en dos bajaron por las escaleras,
vista hacia el suelo, sin mirar arriba.
Quizá avergonzándose por lo que hicieron,
o incluso por lo que dejaron de hacer.
¿Como levantar los ojos y retar al universo
después de tanto tiempo,
de tanta desidia?
Perfiles sombríos, estatura media y pereza implícita;
el cuerpo descarnado,
los vértices de los huesos resaltaban:
carne, huesos, y no estabas ahí.
Y mi mente estática,
me veía bajar con ellos.
[dos, dos, dos, dos, dos, uno]
Mi esencia no pudo más, expiraba, aspiraba.
“No fue nada. No fue nada.
No fue nada, no fue nada”.
Repetía sin parar.
Entonces me di cuenta que mi cuerpo estaba aquí conmigo,
girando:
conmigo, pero sin ti.
vista hacia el suelo, sin mirar arriba.
Quizá avergonzándose por lo que hicieron,
o incluso por lo que dejaron de hacer.
¿Como levantar los ojos y retar al universo
después de tanto tiempo,
de tanta desidia?
Perfiles sombríos, estatura media y pereza implícita;
el cuerpo descarnado,
los vértices de los huesos resaltaban:
carne, huesos, y no estabas ahí.
Y mi mente estática,
me veía bajar con ellos.
[dos, dos, dos, dos, dos, uno]
Mi esencia no pudo más, expiraba, aspiraba.
“No fue nada. No fue nada.
No fue nada, no fue nada”.
Repetía sin parar.
Entonces me di cuenta que mi cuerpo estaba aquí conmigo,
girando:
conmigo, pero sin ti.
Nací para estar descalza
Que el silencio nos agobie
no tiene nombre,
y que la tarde caiga invariablemente,
coronada
por el viento
y la brisa, que me golpea,
libera, me libera.
Y cuando la grisácea bestia me atrapa
yo le huyo.
le huyo pues
no entiende
que yo nací para estar viva
para correr por las nubes
y jugar con la niebla,
revolcarme en la luz
y bañarme desnuda
bajo el murmullo imperceptible
de mi voz.
Nací para ver el núcleo
de la tierra;
fundirme en tierno abrazo
con la esencia misma
del Dios
con mayúscula.
Nací para estar descalza,
y para que en el intransigente
ciclo de mi luna
se eternice
el estallido
de mi cuerpo en
éxtasis.
no tiene nombre,
y que la tarde caiga invariablemente,
coronada
por el viento
y la brisa, que me golpea,
libera, me libera.
Y cuando la grisácea bestia me atrapa
yo le huyo.
le huyo pues
no entiende
que yo nací para estar viva
para correr por las nubes
y jugar con la niebla,
revolcarme en la luz
y bañarme desnuda
bajo el murmullo imperceptible
de mi voz.
Nací para ver el núcleo
de la tierra;
fundirme en tierno abrazo
con la esencia misma
del Dios
con mayúscula.
Nací para estar descalza,
y para que en el intransigente
ciclo de mi luna
se eternice
el estallido
de mi cuerpo en
éxtasis.
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