Que la ciencia y el rock caigan con todo su peso sobre el silencio de los herejes.

15.6.07

Come here, damn you, I wanna touch you.

Julia aceptó tranquilamente su destino.
La fría hoja de metal se hundía cada vez más en la suave carne; al dolor se yuxtaponía lentamente una nueva sensación, una ráfaga eléctrica que bajaba desde el cuchillo incrustado en el pulmón derecho hasta su clítoris. El placer comenzaba a embriagarla. Conforme Frank empujaba el cuchillo, más descargas desgarraban el interior de sus muslos. Sus gritos, agudos con anterioridad, pasaron a un tono grave: dejó de luchar.

Entreabrió los ojos, le vio: su rostro, los labios dibujando una sonrisa amplia, franca y lasciva, se relamía con una expresión tan felina, tan... excitante. Julia amaba ese gesto. Volvió a unir los párpados y recordó por un instante aquéllas sesiones maratónicas de sexo, el sudor recorriéndola desde el vientre hasta los pies, la respiración entrecortada, sus gritos, el indescriptible gozo que sentía al ser sodomizada, todo lo que jamás regresaría.

Con el ultimo vestigio de fuerza tomó el cuchillo y lo hundió más, y más... con la mano izquierda acercó el rostro de Frank a su boca, le besó con rabia tal que la sangre que caía de su herida se mezclaba con la producida por aquel beso.
Murió. Está de sobra decirlo. Murió accediendo a niveles más allá de nuestra comprensión: la muerte fue para ella el último y el más largo de los orgasmos.

Le envidio.

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